El Kindergarten


¡Toma la sortija que en mi mano está, toma la sortija que en mi mano esta, toma la sortija, toma la sortija que en mi mano esta!, era un coro de niñas que alegres jugaban en el patio de un kindergarten.

A dos metros una niña pequeña de dos colitas miraba ensimismada como las niñas cantaban, jugaban y se reían, pero ella no podía participar del juego, no porque no le gustara sino que se conformaba con solo mirar. Estaba tan distraída que no se dio cuenta que un niño pelirrojo y pecoso por atrás se acercaba y de repente le tiró de una de sus bellas colitas (bueno al parecer eso era lo que ahora le llaman bullying).  La niña dijo: ¡au! y amenazó diciéndole al niño que lo iba a acusar pero el niño ya estaba muy lejos y no escuchaba los gritos de Gasparina.

Así la niña Gasparina se pasaba todos los recreos mirando como jugaban los demás niños sin acercarse siquiera a saludarlos. Bueno a ella que le importaban los demás niños pues ella era autosuficiente y segura de que si en cualquier momento se decidía, podía hablarles y jugar con ellos pero eso nunca pasó y nunca les habló.

Un día llegó un niño nuevo al kindergarten y todas las niñas se enamoraron de ese niño nuevo pues era rubio de ojos azules y guapísimo.

Cuando salían al recreo siempre hacían dos filas una de niños y otra de niñas y se tomaban de las manos. Gasparina se formó en la cola y con los ojos cerrados esperó a que un niño le tomara de la mano, cuando sintió la mano de  un niño tomando la suya pensó que era el insoportable pecoso pero no, no era él, era el niño de ojos azules así que casi se desmayó de la emoción.

Pero como siempre la felicidad nunca es completa, una de las otras niñas empezó a llorar. – No, no puede ser el me tenía que tomar de la mano a mí no a esa horrible Gasparina – y lanzó un grito y tanto fue así su actuación que se tiro al piso y si no fuera por una de sus amiguitas casi se da un porrazo en el piso. En eso la profesora separó a Gasparina del niño de ojos azules y se lo llevo.
En ese instante Gasparina cómo era unauna niña muy ingenua no entendía lo que pasaba, pensaba que la otra niña estaba llorando por otro motivo, pero la profesora claramente más sabia se percató de la situación y no quería simplemente problemas en el salón y no tenía en cuenta los sentimientos de Gasparina, la cual se quedó con la impresión de que no merecía nada extraordinario en esta vida.
Y el que le seguía en la cola a que no adivinan quien era, era el insoportable niño pecoso que se reía sarcásticamente porque ahora él le tenía de la mano, y la niña que lloraba se salió con la suya. A tan corta edad de los 5 años Gasparina aprendió muy bien la lección: La vida no es siempre justa.

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