Tarde de abril

Era una cálida tarde de abril, soplaba el viento, el verano ya se iba y en ese instante las dos niñas no sabían lo inmensamente felices que eran. Risas por aquí, risas por allá. 
- ¡Annie ya te encontré! - decía gritando Corina 
- Ahora me toca contar a mí, mientras que tu te escondes - respondió Annie
- A ver, 1,2,3,4.....ya voy para allá así que prepárate - la verdad es que Annie no sabía contar más allá de 4 que era el número de velas que había contado en su último cumpleaños.
- A ver ¿dónde estarás? ¿estarás detrás de este árbol o de aquel arbusto? espero que no te hayas metido en la hiedra, porque sino te va a picar hasta decir basta -
- Ay creo que ya me pica todo el cuerpo - decía angustiosamente Corina
- Esta es la segunda vez que te metes en ese arbusto de la hiedra, vamos Corina, a ver si mamá te puede poner un ungüento para ese rasca rasca.

La voz de la mamá interrumpió abruptamente  su juego.
Annie, Corina, lávense ya las manos que vamos a almorzar.

¡Sí mamá! - gritaron las dos al unísono.
Mamá, Corina se metió de nuevo al arbusto de la hiedra- dijo Annie
Corina cuántas veces te tengo que decir que no te metas ahí, 
¡que niña tan traviesa!, vamos a ponerte un ungüento, pero primero lávate las manos - dijo mamá 
El olor era asombroso, mamá  Roberta siempre cocinaba esos guisos que hacían que te chuparas los dedos. El olor a jengibre y a romero inundaba el comedor. Años más tarde estos olores nunca los olvidarían y siempre las transportaría hasta esa época feliz de su infancia.
En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, gracias Señor por los alimentos que vamos a comer hoy, bendice a mamá por cocinarlos, en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo, amén- terminaron a coro las dos hermanas.

Autora: Ana Moya

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